LATIENDO CON EL CORAZÓN DE LA TIERRA

Dic 21

LATIENDO CON EL CORAZÓN DE LA TIERRA

Pudiendo haber nacido hijo de Augusto, en Roma, y haber heredado su imperio. O hijo del rey Herodes. Pudiendo haber caído directamente del planeta Krypton a Smallville, y haberse convertido en ciudadano americano con poderes superhumanos… vino a nacer en una pequeña aldea con apenas un puñado de casitas de adobe. Un punto perdido en la provincia romana de Judea, una de tantas en medio de un imperio en expansión en torno a un Mare Nostrum ciertamente pequeño. Nada, si consideramos que la Tierra es un planeta diminuto perdido en la inmensidad del universo.

Vino sin hacer ruido, escondido en lo pequeño, debilidad que Dios tiene por lo frágil, y “la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros”. Vamos, que vino a “poner su tienda”, piel con piel con lo humano, piel con piel con la Tierra.

De ese modo comienza el precioso prólogo de Juan a su evangelio (Jn 1, 14). Que“el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros,  nos habla de un Dios que quiso poner su tienda, toda su presencia, todo su ser, en el campamento de nuestro mundo. Son preciosas las connotaciones que tiene el verbo griego eskénōsen, literalmente “plantar una tienda”. Quien pone una tienda no va de hotel. Vive profundamente conectado con los otros, escucha su latido. Es más vulnerable, siente de cerca el calor y el frío, vive expuesto al viento, a las tormentas…Siente la dureza del suelo. Se estremece con la oscuridad de la noche, pero se alegra con la luz del sol. Cree sentir cerca las pisadas de animales fantásticos, el aliento de fieras inimaginables, pero al nacer el día se despierta con el canto de los pájaros…

Quien habita una tienda siente “con pasión” y compasión por los otros. Es el lugar del encuentro donde se comparten las lágrimas más amargas y las alegrías más desbordantes, donde se desnuda la más íntima miseria para ser sostenida entre todos. Salón de fiestas que no acaban donde todo se celebra y se celebra siempre. Es el lugar de la libertad y la confianza, donde todos se conocen, y se miran a los ojos. Encuentro sencillo, mesa compartida, un plato para todos, copas que brindan.

Palabra del Padre que quiso echar raíces  profundas en nuestro mundo y en nuestra historia, latiendo al ritmo del corazón del hombre, moviéndose al ritmo de las olas.

Ana Isabel Cristóbal Regidor

Navidad, 2018

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